Desde el diván...

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Los tres tiempos del Edipo - J. Lacan

El Complejo de Edipo.

En definición general, el Complejo de Edipo es el conjunto de representaciones parcial o totalmente inconcientes y provistas de un poder afectivo considerable, a través de las cuales se expresa el deseo sexual o amoroso del niño por el progenitor del sexo opuesto, y su hostilidad al progenitor del mismo sexo. Esta es la forma positiva del Complejo, que se presenta como en la historia de Edipo Rey.

Lacan, a través de su texto, habla a grandes rasgos de las características y connotaciones de lo que considera, los tres estadios del Complejo de Edipo.

Hace notar que lo primero que se debe tener en consideración es pensar en términos de “sujeto” (en cuanto fundado por un significante), e instaurar en este sujeto comunicativo (al momento del habla) un Otro (analizante), distinto al otro (oyente).


La metáfora paterna.

El padre sólo es real en cuanto su Nombre sea conferido -ya sea por una institución o la propia madre- en un nivel simbólico. Que el padre sea el agente procreador, no sería primordial en este caso, pues en algunas tribus esta característica es atribuida a cualquier cosa (una fuente, una piedra, etc.).

Esto puede ser representado con el triángulo niño-madre-padre, que establece esta realidad simbólica y la convierte en un ‘objeto’ que nos permite observarla. De este ternario simbólico se desprende que el niño depende del deseo de la madre, lo que causa una subjetivación de la madre como aquél ser primordial que puede estar o no. No se trata simplemente de la apetición de los cuidados o de la presencia de la madre, sino de su deseo.

Este deseo de la madre, tiene un más allá, que es alcanzable solamente a través de un mediador, lo que le da la posición al padre en el orden simbólico.

Existen distintas etapas de identificación del niño con el falo, así como también distintas perversiones que de ellas subyacen (fetichismo, travestismo). Esta relación niño-falo, se establece porque el falo es el objeto del deseo de la madre, y es por eso también, que temería por la privación de su órgano viril.


Los tres tiempos del Edipo.

Primer tiempo:
El niño intenta satisfacer el deseo de su madre. En las primeras manifestaciones del instinto sexual, comienza a mostrarle su herramienta a la madre en vista de ‘voy a ser capaz de algo’, con las consecuentes decepciones. En esta etapa no tenemos la necesidad de un padre simbólico (lo que no impide que esté presente en la realidad mundana), pues es la misma madre la que le demuestra al niño que su ofrecimiento es insuficiente. Para el niño la madre es la portadora del falo y él ha de encontrarlo

Aquí el sujeto se identifica en espejo con lo que es objeto del deseo de la madre. Para gustarle a la madre “es suficiente con ser el falo”.

El niño comienza como súbdito, pues se somete al capricho de aquello de lo que depende, aunque éste sea un capricho articulado. Lo que lo hace salir de esa etapa, es el miedo, gracias al cual se percata de la falta de dominio externo y, al comenzar a observar a su alrededor, lo primero que nota es que su madre, tiene una determinada relación con el padre.

Segundo tiempo:
El padre, en el plano imaginario, interviene realmente como privador de la madre ante los ojos del niño. La madre es dependiente de un objeto que ya no es simplemente el objeto de su deseo, sino un objeto que el Otro tiene o no tiene.

El padre se afirma en su presencia privadora, ya que es él quien soporta la ley, en una forma mediada por la madre que es quien lo establece como el dictador de dicha ley.

Lacan especifica que el padre tendría una gran incidencia en la neurosis, pues es él quien priva a la madre de lo que sólo tiene existencia simbólica en ella. Es en este punto (que el define como nodal), donde la evolución del Edipo se plantea para el sujeto en el hecho de simbolizar él mismo, convertir en significante, en aceptar o no esta privación.

Tercer tiempo:
El padre ha demostrado que da el falo en la medida en que es portador de la ley, pues ha de dar alguna prueba. Él puede darle a la madre lo que ella desea, porque lo tiene. Interviene como el que tiene el falo y no como el que lo es, y por eso puede producirse el giro que reinstaura la instancia del falo como objeto deseado por la madre, y no ya solamente como objeto del que el padre puede privar.

El padre se revela en tanto que él tiene. Es la salida del complejo de Edipo. La salida es favorable si la identificación con el padre se produce en este periodo (lo que el autor llama “ideal del yo”).

Esto no quiere decir que el niño comience a utilizar sus potencialidades sexuales, por el contrario, el papel que desempeña la metáfora paterna es un conducto a la institución de algo perteneciente a la categoría del significante, el cual se desarrollará más tarde en la adolescencia.

En el caso de la mujer, esta salida del Edipo es mucho más simple: no ha de enfrentarse a esa identificación, ni ha de conservar ese título de virilidad, ella se dirige hacia quién lo tiene (el padre).

Lacan especifica que la forma de ser franqueado el Complejo de Edipo, es en el caso del niño, con la identificación del padre como poseedor del pene, y para la niña, con reconocer al hombre como quién lo posee.

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